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'¿Tenemos el cuerpo para fiestas?'

"El coronavirus ha arrasado con todo en su tramo más intenso, pero ahora ha llegado el proceso de desescalar hacia la ‘nueva normalidad’, en la que también tiene su espacio las humildes fiestas de los pueblos. Bastantes se pueden celebrar ajustándose a los parámetros de seguridad sanitaria fijados. Es cuestión de establecer un protocolo que servirá para este año, para el que viene, para 2022… y para todos los que vayan llegando hasta que no aparezca la dichosa vacuna.

Semana Santa, Carthagineses y Romanos y el Festival Nacional de Folclore no figurarán en el anuario de 2020. A la primera gran fiesta le pilló la gran ola del coronavirus y la histórica segunda no se podrá celebrar por el gran volumen de festejadores y visitantes que reúne, al igual que sucede con la gran cita de raíz de La Palma. También han caído ‘La Mar de Músicas’ y el Festival Internacional del Cante de las Minas en una larga lista de víctima que no ha dejado en este tiempo ‘títere con cabeza’. Pero ahora llega la desescalada y esa denominada ‘nueva normalidad’, que también debe acoger a las propuestas culturales y de ocio, siempre muy saludables para el vecino.

Escuchar a la orquesta ‘Misercua’ ante el hospital de Santa Lucía fue una sensación especial. ¡La cultura volvía a la calle! Al día siguiente, el Gobierno municipal anunció una inversión superior a trescientos mil euros para la cultura, especialmente para el mundo teatral y musical. En ese acto, David Martínez, edil de Cultura, desvelaba que se está trabajando para celebrar este otoño los festivales de cine y de jazz de Cartagena.

¿Y las fiestas populares… pa’cuando? Se dice que ‘el tambor también es tropa’, en alusión a que no sólo los que llevan arma forman parte de una escuadra militar. Aquí pasa lo mismo. Las fiestas de la ciudad son las más importantes, pero las de los pueblos también lo son para sus vecinos. Todo esto viene a que desde algunas comisiones de fiestas está circulando que el Ayuntamiento no autorizará festejo popular alguno este año en el municipio. Por contra, el viernes publicamos la noticia de que el Ayuntamiento pide a administraciones superiores conocer las normas para las fiestas populares. No hemos conseguido confirmar o desmentir este comentario circulante, pero quiero creer que hay voluntad festera.

Tener un territorio municipal tan inmenso tiene sus pros y sus contras, pero, sin duda, obliga y más cuando más del 70% de sus contribuyentes residen fuera del suelo urbano. Las comisiones de fiestas se han quedado, en general, sin recursos económicos al no haber podido celebrar bingos y fiestas de elección de cortes de honor, entre otras iniciativas recaudatorias. Estas comisiones la forman vecinos que no ganan un duro en este menester, salvo algún disgusto y ‘algo’ que se les ‘pega al bolsillo’, además de las horas que ofrecen en una clara vocación de servicio hacia las personas de su entorno (ojalá copiasen los políticos). Hacen una labor que en la mayoría de municipios de España corresponde al Gobierno municipal (valgan los ejemplos cercanos de La Unión y de Torre Pacheco) y ahora, al menos, necesitan (y merecen) ayuda.

Habrá fiestas populares que, debido a la norma de no más de reuniones de más de 400 personas en el exterior, no se puedan celebrar. Es el caso del Polígono de Santa Ana, que ya ha anulado sus jóvenes festejos de septiembre, que en sus primeros cuatro años se han convertido en un acontecimiento social. Lo entiendo, pero son las menos, pues la gran mayoría se pueden sacar adelante, aunque, por las circunstancias excepcionales de este año, no duren diez días y se limiten a un fin de semana. Algo es algo y no todo es la ciudad o lo que ofrezcan las pantallas de ordenadores y móviles.

Si hay voluntad habrá soluciones. En unos casos habrá que cerrar con vallas un recinto, pero en otros no será necesario para limitar el aforo. La presencia estable de la policía del municipio (sin duda harán falta menos agentes que para vigilar las playas) es otro factor importante y son muchas más las ideas, pero deben ser autoridades y comisiones de fiestas (cada lugar tendrá sus singularidades) los que las fijen.

Las fiestas son puntos de encuentro de amigos que, por sus ocupaciones, sólo se ven en ese momento en todo el año. Además es una tradición en peligro con las nuevas tecnologías (el mundo será una pantalla) y merece que se luche por conservarla aunque sea para alguna generación más. Pienso que son necesarias y más en ‘el año del confinamiento’.  

En La Aparecida, la comisión festera tiene claro que deben trabajar por unos días de fiestas en septiembre. De la mayoría restante, que sepamos, paralización en espera de ver si el Ayuntamiento y las juntas vecinales muestran su beneplácito y apoyo económico, pues el trabajo principal lo ponen los vecinos.

Lo que tengo claro es que nuestra perspectiva de todo han cambiado mucho de marzo a mayo y que de junio a septiembre puede suceder algo igual. Nos hablan de la ‘nueva normalidad’ y nos imponen unas normas de comportamiento. Pues, a cumplirlas y no creo que hacerlo esté reñido con las fiestas populares y controladas. Además, si se establece ese protocolo, servirá también para años venideros. Cuanto antes mejor afrontar este asunto hasta que no llegue la vacuna exterminadora del Covid-19.

En La Unión no hay debate. El Gobierno municipal ha decidido suspender todas las fiestas hasta Navidad. Cada cual tiene sus argumentos y son de respetar.

Los que tienen el mando son los que deciden y los que no mandamos nada opinamos desde nuestra particular posición. En este caso defiendo que tenemos el cuerpo para fiestas populares, controladas y con menos de 400 asistentes, pero lo mismo resulta que mis criterios me han llevado al error y que nada de mi planteamiento es ‘ferpecto’.




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