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“¡Destruir a Roma, destruir a Roma!”

El odio a Roma y su deseo de no estar bajo el yugo de Roma empuja a Aníbal a reunir un gran ejército para la épica aventura de llegar hasta el corazón de su enemigo. GALERÍA DE FOTOS (pinchar aquí)


Qart-Hadast es el lugar desde donde se gestó el gran ejército con el que Aníbal Barca llevó a cabo su legendaria marcha hacia Roma, cruzando Los Pirineos y Los Alpes. En Cartagena, muchos años más tarde, se ha representado a través del último acto oficial del Consejo en la trigésima edición de Carthagineses y Romanos, que ha tenido a José Antonio Ortas como director de escena y a Andrés Irles encargado de coordinar el movimiento de las tropas. La representación, a diferencia de años atrás, cuenta ahora con un mayor espacio para el diálogo teatralizado entre Aníbal y sus seres queridos, dejando la fuerza de las escenas del contacto del general con los ejércitos propios y los contratados para el arranque y el cierre.

Conocer los motivos por los que el Barca decidió acometer ese gran objetivo ocupa la parte central de la representación en escenario del puerto, ante más de dos espectadores. “No busco la sangre, busco la libertad”, expresa Aníbal (interpretado por Víctor Nieto), quien mantendrá un debate con su hermano, Asdrúbal (Javier Nieto, hermano en la vida real de Víctor), a quien desvelará el plan. También será motivo de conflicto dialéctico con su esposa, Himilce (Carmen Pareja), a quien orden marchar a Cartago para su protección. “¿De verdad merece la pena tanta sangre?”, le dice.



Aníbal desvela que vive atormentado desde la destrucción de Sagunto, especialmente con la visión de una niña tras los muros. El estratega cae en un sueño en el que aparece la pequeña, que también lo atosiga a preguntas. Finalmente decide seguir adelante. Es el odio eterno a Roma que juró ante su padre (Amílcar Baca) y su deseo de libertad para los suyos (“La felicidad de los pueblos es más importante que la libertad de las personas” y “Porque he aprendido a amar he aprendido a luchar” son dos de sus razonamientos) los que finalmente resuelven. “Me vengaré de Roma. ¡Destruir Roma, destruir Roma!”.

Las tropas navales fueron las primeras en llegar y lo han hecho, como es preceptivo, por mar: Himilcón, Bomílcar, Tiro, Adherbal y Honderos. Sin embargo, el ejército no es suficiente para una misión tan ambiciosa precisaba de más contingente, el cual consigue a través de la contratación de los mercenarios. Primero pacta con los ilergetes de Indíbil y Mandonio, quienes se sienten atraídos por el arriesgado objetivo. Después llegan los caudillos lobetanos, íberos, honderos, de Uxama… Tras un debate, se apuntan. “Con el oro podrás comprar nuestras espadas, pero precisas también de tener nuestras almas”, le dicen, pero a todos va exponiendo que están bajo las premisas romanas y que con esta empresa serán libres. “¡Nuestra es la eternidad!”.