El calblanquino que luchó en tres guerras

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El calblanquino que luchó en tres guerras

“No sé si volveré, ni cómo, ni cuándo”. Esas fueron las últimas palabras de Matías Pérez Saura a su familia antes de marcharse a combatir su última guerra, la Segunda Guerra Mundial.


Muchas veces a los abuelos les da por ponerse a contar batallitas. Desarrollan grandes relatos impostando la voz, iluminando los ojos y gesticulando de manera que pareciera que sus historias ocurrieron ayer. Y te cuentan las aventuras que vivieron cuando estaban haciendo la mili, cuando eran niños o cuando trabajaban en los camiones. A un servidor, amante de las historias casi olvidadas, le encanta pedir a sus mayores que le descubran anécdotas que, tal vez, nunca antes habían contado.



Y en esas andaba yo en Calblanque, paseando con mi tío abuelo Antonio y su primo Juan, descendientes de la familia de los ‘Perules’, cuando rodeando la falda de una colina, se detuvo mi tío en seco, y señaló una vieja estructura: “Aquí tenemos la casa del reflector, que se hizo en la Guerra Civil. Ahí había un destacamento del ejército de tierra”. Antonio me explicó, con pelos y señales, para qué servía y cómo funcionaba todo lo que se hallaba en su interior y en los alrededores. Y cuando llegó el momento, formulé una pregunta imprescindible: “¿Algún familiar participó en la Guerra Civil?” Ambos asintieron, y me narraron los destinos de sus padres y otros parientes, pero hubo una historia que me llamó especialmente la atención, y esa es justo la que hoy vengo a compartir con ustedes.

Era el más alto de los hermanos, sobrepasaba el metro ochenta y era un hombre corpulento, que llamaba mucho la atención. Matías Pérez Saura, hermano de mi bisabuelo, un superviviente que sonrió a la muerte más de una vez a lo largo de su vida. Al bueno de Matías (nacido y criado en Calblanque y fallecido en Cartagena) le vino a tocar marcharse a hacer el servicio militar en 1924 a Melilla, en el Protectorado Español de Marruecos, que se encontraba en plena guerra. Tras hacer el servicio militar allí, se examinó para acceder a la Guardia Civil, consiguiendo entrar al destacamento de Soria, donde llegado el año 1936, le sorprendió el estallido de la Guerra Civil.

Me contaba mi tío todas estas cosas mirando a los montes, cuya silueta distingue y conoce a la perfección, de tantos años vividos en esas tierras. Juan, por su parte, hacía un barrido constante por los alrededores, sumergido en recuerdos de hace muchas décadas, buscando quizá, recuperar vivencias pasadas debajo de las rocas que, no me cabe duda, si no fueran elementos inertes se alegrarían enormemente de volver a verlos después de tantos años. En su niñez había recorrido de punta a punta con el ganado todos los rincones de aquella preciosa sierra que ahora yo estaba descubriendo.



Entre romeros y bolagas, ascendiendo tranquilamente a lo alto de la colina repleta de espartos, continuó Antonio con su relato. “En 1939, cuando habían pasado en torno a 8 años de su ingreso en la Guardia Civil, y una vez terminada la guerra en España, comenzó la Segunda Guerra Mundial”. Yo me extrañé, ¿qué relación tendría eso con la historia de Matías? Pensé que volveríamos a divagar, así que escuché atentamente para tratar de hilar las historias. Mi tío me contó que España era aliada de Alemania, y que en el año 1940 se organizó una reunión entre Hitler y Franco. España estaba devastada tras la Guerra Civil, y no podía permitirse entrar en el conflicto más grande de la historia de Europa. Pero como gesto de buenas relaciones entre ambos, se acordó ‘prestar’ un contingente de soldados españoles para que entrasen a combatir. Así, España no quedaba mal con los enemigos de Alemania, ni les hacía el feo a los germanos.

Y aquí es donde lo comprendí todo: Ese contingente sería conocido como la ‘División Azul’, que estuvo formada por miembros del ejército, de la Guardia Civil, de la Policía y otros voluntarios. “Entonces le dieron la noticia a Matías de que había sido elegido para irse a Alemania, y le concedieron una semana de permiso para despedirse de su familia.” Recibir la noticia de que vas a una guerra a miles de kilómetros de tu hogar, con aliados que no hablan tu idioma y enemigos que no conoces debe ser duro de digerir. En esa semana, volvió a Calblanque, con su familia, y le organizaron una ‘fiesta’ de despedida, al humilde modo de la época y las circunstancias. Concluyó su visita con una frase que debió quedar marcada en los corazones de sus seres queridos. “Yo me voy, pero no sé si volveré, ni cómo, ni cuándo”

Y allá que marcharon un 20 septiembre de 1941 dos contingentes de la Guardia Civil, a pelear una guerra que no era suya. Matías fue destinado en las llamadas ‘Brigadillas Móviles de Investigación’, que se encargaban de vigilar tanto las actividades de los propios divisionarios españoles -para que no desertaran ni sabotearan planes- como a los civiles y prisioneros rusos. Por las indicaciones de Antonio y lo que he investigado por mi cuenta, quizá estuvo destinado en la Rusia ocupada. Alemania mantuvo un avance feroz, pero pronto, los rusos comenzaron a recuperar terreno. Ante el constante retroceso germano, Matías debió ser enviado a Alemania, donde trabajó recorriendo toda Europa en los trenes, recogiendo presos.

“¿Él sabía algo del Holocausto?” Le pregunté con curiosidad a mi tío Antonio. “Se enteraba de algunas cosas, pero no de todo lo que allí verdaderamente ocurría. Solo lo que veía y algo de lo que captaba. A los rangos bajos de los militares no interesaba tenerlos informados”. La decadencia del ejército alemán lo trajo de vuelta a casa con los 12.000 divisionarios que sobrevivieron, repleto de cicatrices y con muchas historias que contar. “Yo vi Alemania hecha ceniza, contaba él cuando venía a vernos” Recuerda mi tío.

De vuelta a España, permaneció en la Guardia Civil, pero consiguió ser destinado a Cartagena, donde ingresó en la brigadilla criminal de RENFE. Su experiencia lo hizo muy sabio y astuto, por eso recibió la posibilidad de ascender a sargento con la condición de ser enviado a los Pirineos a luchar contra los maquis. Pero decidió, quizá sabiamente, apartarse de las balas y vivir una vida relativamente tranquila, hasta su fallecimiento varias décadas más tarde.

Estábamos ya en lo alto de la colina, en un antiguo mirador que concedía una preciosa perspectiva de la costa, avistándose a lo lejos el icónico Faro de Cabo de Palos a un lado, y el Monte de Las Cenizas al otro. Me fijaba particularmente en las calas de Calblanque, Punta Negra, Punta Espada, y dejaba volar la imaginación: Visualizaba esa familia de campesinos que, por tantos años, entre dar de comer a los mulos y recoger las patatas, se quedara un instante mirando al mar, o a las estrellas, o al horizonte, y no pudiera evitar preguntarse: ¿Estará vivo mi Matías?

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