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¡Sean las bodas de Himilce y Aníbal!

El general cartaginés y la princesa íbera consiguen que el cariño brote dentro de un matrimonio pactado para unir ambos pueblos. La luna llena ha sido testigo de un bonito acto que ha culminado con la gran celebración de las nupcias en Qart-Hadast. GALERÍA DE FOTOS (pinchar aquí)



Aníbal (Víctor Nieto), al igual que su predecesor al frente de Qart-Hadast, Asdrúbal, también utilizó la vía de los matrimonios de estado para establecer alianzas con los pueblos íberos. Es el punto de partida de la obra que ha puesto en escena el Consejo Carthaginés bajo la dirección de Jesús Fernández en el escenario del auditorio ‘Paco Martín’ del Parque Torres, que ha registrado, quizás, la mejor entrada desde que comenzó el Annus XXXII de Carthagineses y Romanos, con un público entregado que ha aplaudido reiteradas veces la interpretación de los actores-festeros.



Tras un primer contacto junto al olivo con Himilce, el estratega cartaginés abordará esa política de alianzas con su gente de confianza, para después cerrarse el acuerdo directamente con el rey Mucro, siendo una lanza partida el símbolo de ese pacto que estará aderezado por la boda con Himilce, una vez que su padre la ha ofrecido al general.



La siguiente escena reúne a los tres hermanos de la ‘camada del León’: Aníbal, Magón y Asdrúbal. Comienzan brindando por la feliz nueva, pero el gran general matiza que aún no sabe cómo será “esa carga y lo que los dioses me depararán”. Tiene dudas, “os mentiría si no os dijera que no tengo una atracción hacia esa mujer desde que la vi por primera vez en el olivar, pero yo no estoy preparado para una boda y en mi corazón no creo que haya sitio para una mujer”, expresa. La caída de un rayo hace emerger la figura de su padre, Amílcar Barca, quien aconseja que actúen en base a sus enseñanzas y como les dicte su corazón.  


Mientras, en Cástulo, Mucro es objeto de las recriminaciones de Himilce (Carmen Pareja) por ser utilizada para ese pacto. “No has contado con mi voluntad”, le dice, mientras que su progenitor se refiere a los detalles de atracción que ha observado en diversos momentos a ambos. Ella resiste y Mucro le exige, como rey, obediencia, aunque pidiéndole que recapacite. Himilce se consuela con su aya, “quizás tu padre lo que ha hecho es anticipar lo que sucederá. Aníbal está siempre en tus pensamientos”, le dice, añadiendo: “Si le amas, deberás vivir siempre con él y con su destino”. “Tus palabras aplacan mi furia”, responde la princesa.

Cuando Aníbal e Himilce coinciden sin nadie más, la conversación alterna reproches y sentimientos, hasta que finalmente ambos se funden. El amor ha triunfado. “No me importan los cauces que nos esperen” / "El mar no sería lo suficientemente grande para todo el amor que siento por ti” / “Ojalá esta noche no pase nunca”… Él parece marcharse. “Espera, te amo”, le dice ella. Es el preludio del beso entre los dos amantes, que se alejan (con un segundo beso) por el fondo del escenario, apareciendo una pareja de baile para plasmar con sus movimientos, la música y un cielo estrellado el triunfo del amor. “La noche, cobijo de los amantes”, dicen las discípulas de las diosas para anunciar el gran evento: “Sean las bodas de Himilce y Aníbal”.



El templo de Baal-Hammon, el gran dios cartaginés, acoge el enlace, que es oficiado por el sumo sacerdote (Antonio Cano). Llega el estratega (“¡Salve Aníbal!”). Himilce aparece escoltada bajando las escalinatas entre el público.

Ambos se colocan ante el altar, donde sus manos son unidas por un cordón (sus ligaduras vinculan a uno con el otro) y reciben una daga, hojas de olivo y polvo de plata. Ambos se aceptan ante los dioses y ante los hombres. “Alma con alma, sangre con sangre, vida con vida”. Aníbal declara tres días de fiestas, además de besarse en dos ocasiones con su nueva esposa. El júbilo invade Qart-Hadast, en cuyo cielo explotan los fuegos artificiales.


La obra ha sido emitida en directo por Tele Cartagena y por la página web de Carthagineses y Romanos


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